¡Apañados estamos!

“Éramos pocos…”

Difícil, muy difícil, si no imposible

Robot, IA
Robot, IA. PD

Nada más finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno británico, alarmado ante el nacimiento de una poderosa herramienta, la informática, reunió a un grupo de sabios, biólogos unos, especialistas de la nueva e incipiente técnica, otros.

Ante el temor de que aquellos poderosos aparatos, con el tiempo, llegaran a convertirse en terribles seres que amenazaran nuestra propia existencia, pidió a tan competente cónclave que examinara a fondo la posibilidad de que, tarde o temprano, aquello diera lugar a una especie, del todo independiente,  que pudiera volverse contra nosotros.

Hasta donde sé, aquellos sabios concluyeron que tal vez, sí, tal vez, no; vamos, que no llegaron a ninguna conclusión.

Aquel antiguo debate ha vuelto a abrirse hoy tras la pujanza de una nueva aparición informática: la inteligencia artificial.

Apenas es una recién nacida y ya se atisba la posibilidad de que, a su través, lleguen a aparecer en escena seres capaces de razonar por sí mismos, de sentir e incluso de obrar de modo independiente. Y por supuesto, de algo todavía más peligroso: de auto-repararse y, no se lo pierdan ¡de reproducirse!

Vamos, de constituirse en especie del todo independiente.

Si los sabios de hoy ven venir tal amenaza, debemos entender, como así ha venido sucediendo con todos los inventos del hombre, que tarde o temprano, acabará siendo también una realidad. Sin que pueda descartarse que tal vez se hayan quedado cortos a la hora de atisbar a qué grado de Poder e independencia podrían llegar estas máquinas.

Otra cuestión, de momento no muy clara, es si, una vez a pleno rendimiento, los nuevos seres podrían constituir una amenaza para nosotros.

Tenemos motivos para temer lo peor.

Pues bien, ya han aparecido voces, más que interesadas, afirmando que no nos amenaza ningún peligro. En su ilusa, si no malintencionada opinión, aseguran que bastará con protegernos por Leyes que impidan a las máquinas enfrentarse a los humanos.

¡Apañados estamos!

No ha habido una Ley, una sola Ley que no haya sido violada en algún momento de nuestra Historia.

No lo duden: si a algún Poder llegara a interesarle utilizar a sus máquinas para luchar contra otro Poder, indefectiblemente, lo hará.

Quiero decir que, tarde o temprano, un grupo de máquinas, de muy poderosas máquinas, combatirá ferozmente a las personas.

Bastará con que esa rebelión comience en cualquier lugar del planeta, para que se haya puesto en marcha un terrible, tal vez, fatal, amenaza contra nuestra especie.

¿Podría ponerse fin a este proceso?

Difícil, muy difícil, si no imposible.

Una especie autosuficiente, sabedora de su enorme fuerza, viéndose capaz de dominar el planeta…  ¿se detendría?

¿En virtud de qué?

Resumiendo, la inteligencia artificial tendrá todas las ventajas que se quiera, por supuesto que sí; pero…

También las tenía, y las tiene, la energía atómica y que les pregunten a los supervivientes de Hiroshima.

Puede que exista una Ley, inexorable, que determina el comportamiento de la Naturaleza; quiero decir que marca los objetivos del proceso vital que conocemos como “evolución”.

Algunos sabios ya lo han puesto sobe la mesa; más contundentes están siendo los escritores de ciencia-ficción, de costumbre, los que suelen apuntarse más aciertos a la hora de pronosticar el futuro.

Como suprema especie sobre el planeta, como maravillosa cumbre del proceso evolutivo, mucha soberbia me parece dar por supuesto que la Naturaleza va a detenerse con nuestra llegada; mucho me temo que no va a ser así.

Sabemos que la materia inanimada tiende a la vida y la vida a la inteligencia. ¿Qué derecho tenemos a suponer que tras la inteligencia no exista otra meta de superior nivel?

Por ejemplo, la inmortalidad; esos seres, llegados a su máximo desarrollo, podrían guardar copias digitalizadas de sus “cerebros” para el caso de que sufrieran algún accidente; su Organización las guardaría celosamente y, dada la inutilización de algún cuerpo, automáticamente, fabricaría otro igual al que incorporaría la copia del cerebro del difunto.

Por ejemplo.

Puestos a imaginar, podríamos ir todavía más lejos y suponer que la evolución tampoco se detendrá en la inmortalidad; cabe que pretendiera llegar a un último escalón: la completa independencia de la materia; quiero decir, seres vivos, sí, pero ya sin cuerpos hechos de átomos; tal vez se llegase a constituirlos con alguna suerte de energía pura; en realidad, como demostró Einstein, y volvemos a Hiroshima, materia y energía no son sino dos formas de una misma cosa.

En nuestra, repito, enorme soberbia, durante siglos nos creímos el único Mundo existente; no era cierto; también dimos por supuesto que no podía haber otros seres vivos en el enorme espacio exterior; tampoco parece que sea así.

¿Por qué no hemos de equivocarnos, también, al suponer que el proceso evolutivo va a detenerse en nosotros?

De los peces surgieron los anfibios; de éstos, los reptiles que, a su vez, dieron lugar a las aves, a los mamíferos y, finalmente, a nuestra especie.

¿Finalmente?

¿Y por qué?

¡Y, nosotros, preocupados por no sé qué guerra o no sé las mangancias!

¡Qué pequeños seguimos siendo!

Pues eso.

Elena Sánchez

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